En mi obra busco crear un puente entre el arte y la naturaleza, una exploración de lo que nuestros cuerpos experimentan en contacto con la tierra. Crecí en el campo, en una vereda donde el hielo cubría el suelo en la mañana y las luciérnagas iluminaban las noches. Ese entorno fue la clave de mi conexión con el entorno y me enseñó a ver el alma de las cosas: la montaña que cambia de cara con la luz, el alma de las hojas, la materia viva que nos rodea.
Mi identidad está tejida entre dos territorios: Colombia y Chile. Desde esa mezcla, he encontrado un interés profundo en el paisaje suramericano, en sus oficios, sus saberes y su forma de contar historias más allá de la palabra. La cerámica y el textil son lenguajes que me permiten capturar lo intangible. El barro, moldeado con las manos, conecta con la raíz de un continente vinculada la tierra y al fuego. El tejido, transmitido de generación en generación en mi familia, guarda en sus hilos la memoria de quienes lo trabajan.
A través de estos materiales busco inmortalizar o congelar en el tiempo la experiencia natural, no solo representándola, sino permitiendo que el espectador la sienta. La cerámica, con su textura, su peso, su temperatura, dialoga directamente con el cuerpo. El textil, con su trazo orgánico y su ritmo repetitivo, nos envuelve en un lenguaje silencioso de gestos y tiempo. Mis proyectos son una invitación a detenerse en lo que parece invisible: todos los elementos naturales del territorio que nos rodea. Todo tiene un alma, y mi trabajo es una forma de descubrirla, de hacerla presente y de compartirla.
